Lo que se pregunta por ahí

OPINIÓN

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POR ENRIQUE DÁVILA

COLUMNAS DE OPINIÓN

February 19, 2019

Actualizado hace 1 meses

Lo que se pregunta por ahí | Bustrofedón y detectar

P.: ¿Qué es la escritura en bustrófedon? Andrés Valera, Bogotá.

R.: Es mejor decir bustrofedón, según su origen griego. Viene de bous (buey) y de strophé (retorno, giro), y significa “tal como da la vuelta un buey cuando ara un campo”. En efecto, al arar un buey sigue una línea recta, y cuando llega al fondo del terreno hace un giro de 180 grados e inicia el regreso por una nueva línea, paralela a la anterior. Hay varias maneras de escribir: en Occidente, de izquierda a derecha; judíos y árabes, de derecha a izquierda; chinos y japoneses, de arriba abajo, y, hace más de 2.500 años, en los albores de su esplendor, los griegos lo hacían en bustrofedón, es decir, una línea de izquierda a derecha, y la siguiente, abajo, de derecha a izquierda, lo que implicaba que las letras de las líneas pares se vieran invertidas, como si se leyeran reflejadas en un espejo, en tanto las impares tenían apariencia normal. Esta escritura arcaica cayó en desuso.

P.: Dije que, de oído, mi nieto había detectado una falla mecánica en mi carro, y alguien me advirtió que no se decía ‘detectar’. No alcanzó a decirme el porqué. Juan Villate, B/quilla.

R.: Tiene razón ese alguien. Si, por ejemplo, leyéramos en un informe de auditoría: “Se detectó un faltante en el almacén” o “detectamos un daño en una válvula de la subestación” esas no serían frases correctas, porque detectar no es oír o encontrar, sino descubrir algo por medios físicos o químicos. Por ejemplo: “El radar detectó la presencia de un avión extraño”, “la química sanguínea detectó una falla en su metabolismo”… Por lo tanto, volviendo a los ejemplos del informe de auditoría, debemos decir: “Se encontró un faltante en el almacén” o “hallamos un daño en la válvula de la subestación”.

Nota: Hace tres semanas, al responder una pregunta sobre música clásica en la Costa, dije que “tenemos amplia tradición de músicos clásicos, nacidos o asentados” aquí, y mencioné al barranquillero Roberto McCausland-Dieppa, colaborador independiente de EL HERALDO, pianista, compositor y director de orquesta, especializado en jazz y en música clásica, a quien en 2006 el Gobierno de Hungría galardonó con el premio Pro-Arte Hungarica por sus estudios sobre la obra de maestros húngaros como Franz Liszt y Béla Bartók. Este último, inmenso artista, mezcló elementos de música popular húngara en sus composiciones, lo que confirma algo que también dije esa vez: que la música popular es la base de la música clásica. Pues bien, McCausland me ha escrito una nota, concisa y expresiva, de la que extraigo esto: “Quisiera sugerir que se escriban artículos sobre Lucho Bermúdez y sobre Pacho Galán, ambos músicos excepcionales y entrenados clásicamente. Lucho tocaba el clarinete en el ámbito clásico y en el popular, algo que no es reconocido. Por su parte, Pacho era bien estudiado en contrapunto clásico. Sus orquestas eran bien disciplinadas. De pequeño tuve contacto con ambos, y los aprecié mucho”.

edavila437@gmail.com

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POR ENRIQUE DÁVILA

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Actualizado hace 2 meses

Lo que se pregunta por ahí…

Música, lo feo, bojazo

P.: Hace poco, oí decir: “Eso es como si a un costeño le gustara la música clásica”. ¿Eso tiene validez? B. P. K., B/quilla.

R.: Desde luego que no. En una región donde la música popular se enseñorea surgen músicos clásicos porque la popular es base de la música culta, que no se opone a la primera, sino que la complementa. La Costa tiene amplia tradición de músicos clásicos, nacidos o asentados en ella: en el Atlántico, Emirto de Lima, Pauline Schutmaat, Hans Federico Newmann, Alfredo Gómez Zurek, Roberto McCausland, Pedro Biava y algunos de sus hijos; en Bolívar, Adolfo Mejía, Jaime León, Helvia Mendoza; en Córdoba Francisco Zumaqué; en el Magdalena, Karol Bermúdez, Andrés y Fernando Linero y el injustamente desconocido Honorio Alarcón, calificado a fines del siglo XIX como uno de los mejores pianistas del mundo, formado en los conservatorios de París y de Leipzig, ganador del acreditado premio Mendelssohn-Bartholdy y fundador del Conservatorio Nacional.

P.: Alguna vez usted dijo que lo feo puede tener categoría estética. No me cuadra. Tere De Los Ríos, B/quilla.

R.: También dije que a la llegada del Romanticismo “lo feo se enseñoreó, la belleza dejó de ser lo más importante y el arte cesó de producir éxtasis y deleite para estimular la reflexión sobre el devenir humano”.

En el arte auténtico, la negación de lo bello, es decir, lo feo, le da a la obra una pizca de seducción, y, gracias al contraste que configura, puede servir para consolidar el ideal de belleza. Valiéndome de nuestro sentido del gusto, se me ocurre un símil. De los cuatro sabores clásicos: ácido, amargo, dulce y salado, el más desagradable es el amargo, pero, no obstante, lo disfrutamos en el café, en la cerveza, en ciertas aceitunas, en la berenjena, en las almendras, en la ralladura de limón, en la mermelada de naranja, en el agua tónica y en licores como Amaretto y Campari. Sin su gusto amargo estos productos resultarían falseados y su sabor repulsivo. De manera parecida funciona lo feo en el arte.

P.: Hace sesenta años oía en la Costa expresiones como ‘bojazo’ (golpe) y ‘bandera’ (no grato). ¿Aún existen? Fercho Celedón, B/quilla

R.: No he vuelto a oírlas. ‘Bojazo’ es un colombianismo que coloquialmente significa “golpe fuerte, sobre todo el que se da en la espalda”, tal como lo acoge el lingüista momposino Mario Alario di Filippo, quien, además, dice que el término ‘boje’ es sinónimo de ‘bofe’. Como el bofe, o los bofes, son los pulmones de una res, y como sabemos que los pulmones de una persona están más expuestos por la espalda, sospecho, sin ningún rigor irrefutable, que ‘bojazo’ viene de ‘boje’. Sobre ‘bandera’ en el sentido que usted menciona, el Diccionario de colombianismos, del Instituto Caro y Cuervo, lo considera adjetivo de uso juvenil, pero informal y desdeñoso: “Referido a una persona o a un objeto, ordinario o de apariencia desagradable”. Por esto, antaño, muy jóvenes, decíamos: “¡Qué man tan bandera!” o “esa película resultó bandera”.