XIII. Beethoven: Sonatas, Concertí y Sinfonías

Ciclo: La orquesta Sinfónica

Beethoven: Sonatas, Concertí y Sinfonías

Beethoven y su Educación:

La Appassionata

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Roberto McCausland Dieppa

Matices lóbregos sonoros, dulces melodías inconclusas… repentinamente sonidos nobles, aristocráticos, caprichosos y elegantes: en qué momento entramos en transe místico, pero nada queda igual por mucho tiempo y el fin es todo, nada tiene sentido sin la conclusión… vendrá… pero cuando. En esta gran obra que un Jimi Hendrix, o Van Halen, o tal vez, Crème, U2 o Deep Purple o de pronto a Fruko con sus bajos flamencos les hubiesen querido escribir, ejecutar, y lucir ante su público por sus riffs (frases motívicas recurrentes) tan ingenuos que bien se escuchan en instrumentos contemporáneos, quedó firmemente embebida la estampa de su compositor y una expresión del profundo e insondable dolor masculino, nada delicado, pero espectacular, sobrio, real, objetivo  y embrujante.

Mozart, Haydn y Beethoven, en Viena

Wolfgang Amadeus salía hasta tarde las noches en las cuales no estaba trabajando. En la Europa de la época había mucha actividad y la familia vivía en medio de la ciudad. Wolfy no era de los que se perdía un instante de vida artística y social. Fuesen programas en las salas de conciertos, iglesias o aún más comúnmente, en la corte, en donde no existía compositor, intérprete, del cual personalmente él no sabía de su obra o lo conocía. A su vez no existía trabajo operático musical, vocal, sinfónico, religioso o instrumental del cual Wolfgang Amadeus Mozart  no estuviese enterado, y, a Papa Haydn, Wolfy lo conocía bien.

Tan bien conocía Mozart a Joseph Haydn que escribía retazos de piezas en imitación de su estilo, le dedicó seis cuartetos de cuerda y le tocaba muchas obras en el piano a solas. Haydn, recíproco con dedicaciones personales, mucha cortesía, amistades y recomendaciones, en sus servicios fúnebres dejó encomendado, como ocurrió en el de Chopin y Beethoven, el réquiem de su amigo Wolfgang Mozart.

Con Wolfang, Haydn era especial, gustaba de su compañía, pero Ludwig era otro, digamos… ‘cine’ (de otro temperamento, en este caso, desorientado).  El más joven de los tres ambiciosos amigos, Ludwig llegó a Viena, hizo gran amistad con Wolfgang Amadeus, pero con Papa Haydn, el compositor más famoso de Europa entonces, Van Beethoven se dedicó al estudio. En ese entonces no se podía tener una relación demasiado buena con su profesor, a veces mentor, colega  en competencia.

A Joseph Haydn, Ludwig le dedicó el primer trío de piano y su primera sonata, aprendió a desarrollar motivos precoces rítmicos –el de la quinta sinfonía–, danzas más veloces, luego denominados los scherzi o minuetos humorosos como poco: de Mozart, Ludwig se sentía como su sucesor, lo admiraba, y su amigo del ‘alma’. Beethoven, el más joven de los tres, decía que del gran Papa Haydn no había aprendido “absolutamente nada musicalmente” sino el buen humor, fíjense…

Igual dijeron Los Beatles de Beethoven; y de Liszt, su gran amigo y suegro Wagner, pero el compromiso y la herencia artística a gusto es conmensurable. Veramente, Wolfgang, Ludwig y ‘Papa’ Haydn, feroces, independientes, amigablemente competitivos como los grandes deportistas, poderosos en sus medios, forjaron ligas, conexiones, amistades continuas, respetuosas, en filosofía y ante todo música. De las partituras asimilaban motivos rítmicos, folias (harmonia) y nuevas ideas hincadas en tradiciones antiguas; y sobre todo para Ludwig, el joven recién llegado de la provincia a Viena –centro cultural imperial mundial de la época–, esta buena suerte fue la formación de su obra y legado. Nada increíblemente ingenioso y expresivo artísticamente, sea por continuación o reacción, ocurre en aislamiento, siempre existen ondas ligas en trabajos pasados del cual emane un nuevo estilo.

Y de esta reacción continua, cada generación desarrolla sus motivos predilectos. Sobre todo en el jazz, el rock y rock pesado, la salsa, y la música del periodo clásico, motivos rítmicos son el marco y lienzo que sostiene la música, y el baile: la champeta, el reguetón, el reggae y el rap, el ritmo hipnótico de los Gypsy Kings, el sonido ‘disco’ y sus incesantes bajos, el funk, aún más alejado el bee bop, charleston, y nosotros en el Caribe colombiano, con nuestra  herencia espléndida en la danza, el motivo rítmico o la clave es la manera básica de reconocer, bailar e identificarse con la música espiritualmente; tal como la generación de Beethoven se identificaba con el motivo rítmico de la Quinta sinfonía y la Appassionata como el ‘llamado al destino’, y como el público rockero se identifica generacionalmente con los riffs de Sunshine of my life, de Crème, o Smoke on the water, de Deep Purple.

En la salsa, fusión de origen afro- mediterránea-caribe, no solo existen motivos rítmicos e impecablemente traducidos en la meticulosamente planeada percusión, sino que mucha de la herencia armónica procede de las folias flamencas españolas, herencia canaria (barcos antes de emprender camino al Caribe se dotaban de músicos canarios bien versados en folias).

Y de las folias, ‘hojas’ o patronos armónicos escritos entrenzados en motivos y melodías sobre los cuales se improvisaba o se componían melodías (tan antiguas como la civilización mediterránea), la más antigua que físicamente sobrevive data de la España flamenca, se fecunda mucha y buena música.

El comienzo de El son del tren, una folia canaria en pasacalle (bajos obstinantes repetitivos en forma de acordes o notas singulares), envuelto en fina e impecable percusión afro-caribe, y El caminante, chacona armónica, ambas del grupo Fruko y sus tesos, en el Segundo movimiento (mm. 166-177) de la Quinta Sinfonía de Ludwig y, después de la dramática introducción continua del tercer movimiento de la sonata Appassionata, se encuentra parte de la folia Española envuelta en motivos rítmicos idiomáticos, contemporáneos. Fruko, Ludwig, Wolfgang y ‘Papa’ Haydn se expresan en común lenguaje armónico, ‘folia’ en este caso.

Pero, esos cuatro toques rítmicos inolvidables de la Quinta Sinfonía (en ritmo silábico… a-don-de- vas…) tan escuchados, y de seguro las cuatro notas más reconocidas en la historia musical occidental, ¿de dónde los engendró Ludwig?

Muchos dicen que Ludwig lo aprendió de la sinfonía Milagro, de Papa Haydn. Otros la deducen de la forma original del motivo del tercer movimiento de la Quinta de Beethoven, proviniendo de la Sinfonía 40, de Amadeus Mozart, en ambos casos sus amigos musicales. Tanto gozó Ludwig de este motivo rítmico que lo demarcó en la Tercera Sinfonía, en el fabuloso Cuarto Concierto de piano, aparece en la Novena, es la vida en el más profundo, humano, real, ingenioso, energético y vigoroso opus, la sonata Appassionata, en donde desbocó todos sus íntimos sentimientos.

Lenny Bernstein, el gran conductor de la orquesta de Nueva York, decía que los cuatro ‘frappes’ (fr), ie. (en ritmo silábico) —a- don- de vas—, o el Llamado del destino, para la generación de nuestros tres compositores, era forma común de acabar las piezas sinfónicas de la época.

Pero, para Constanza, el motivo ritmico…a-, don-, de-, Vas—… que para ella traducía, de- don- de- vienes—, era la clave que su marido, Wolfgang Amadeus, tocaba antes de abrir el ante puerta de su residencia, después de una larga jornada nocturna con sus amigos. Mozart nunca supo de estos grandes trabajos de su amigo Ludwig. Cual seria entonces el verdadero origen de las cuatro famosas notas de la Quinta Sinfonia…