Jornal Del Caribe: Ciclo: La orquesta

atitud 02 de Febrero de 2014

Jornal Del Caribe: Ciclo: La orquesta

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Roberto McCausland Dieppa

Hemos pasado una temporada espectacular desde agosto del 2012, cuando empezamos el ‘Jornal’, cubriendo nuestro ‘don’ Caribe Mediterráneo en las artes. Escribimos y escuchamos  sobre compositores, pianistas, artistas plásticos, nos ambientaron sobre relaciones entre ritmo lengua y danza, con enfoque mundial; los dotes  de las mujeres en las artes nos enorgullecieron,  en fin, una síntesis artística humana. Y sobre esa síntesis, este año entraremos a fondo en la relación entre la orquesta, su director, y su público.

Muy poco en nuestras vidas expone la comunicación intrínseca sin recursos verbales como la relación entre la orquesta,  director, y el público. Para los que tenemos la experiencia de enfrentarnos ante un grupo de extraordinariamente bien preparados músicos- la orquesta sinfónica-, el intercambio enérgico   entre estos cuerpos vibrantes es apasionante,  deslumbrante, emocionante y misterioso. Mucho más que las técnicas de dirigir, dinámicas musicales y entrenamiento rítmico auditivo, es forjar la intensa energía psyco-humana  de los 87 (y a veces más) músicos en una historia sonora, capturando los sentidos, sentimientos, las  almas, e imaginación del público. ¡Un verdadero espectáculo! Sin esta misión directiva del conductor, las orquestas profesionales podrían actuar sin la ‘batuta’.

La función del director empieza después de que la técnica total está elaborada y presente en el ensamble, siendo sobre o por  encima de la perfección de ejecución. El conductor es el alma comunicativa sonora ante los ejecutantes y el público, nada menos.

La comunicación sensorial entre director, sonido, orquesta y público se engendra en nuestras capacidades humanas. Por ejemplo, cuando vamos a una película en donde el  protagonista está en escena asediado de nieve, el subconsciente nos enruta a sentir frío. O al ver al Junior de Barranquilla en los momentos de la marcha hacia el gol nos emocionamos, nos movemos al ritmo de los jugadores ayudándolos y dándoles ímpetu desde nuestro sistema nervioso.

Aun, al ver un esspreso y fijar nuestros sentidos en el olor y sabor, o en aquel fino pastel, o esa vestimenta fantástica,  ‘sensualizamos’  la experiencia y el deseo de tal manera que producimos acciones, sensaciones y voluntad reflejando en otros nuestros deseos, por medio de nuestros gestos y expresiones. Entre más vivo y real sentimos ese deseo, más reflejamos  acción. En términos musicales abordamos la verdadera función del director: la transmisión de la correcta interpretación emotiva hacia los músicos, los cuales absorben y transforman el mensaje reproduciendo la emoción en términos auditivo musical guiado al público.

El público es la meta final de la acción al igual que el evaluador y juez. Si la comunicación no es efectiva, no hay público. Pero  cuando lo es, poco a poco el crescendo de nuestra audiencia ocurre. Al comunicar el mensaje del director a músicos y luego al público, muchos conductores utilizan una batuta. La batuta, un largo delicado cilindro  emergente de una de las manos, generalmente de madera (puede también ser sintético) se convierte en la extensión, la expresión, el ritmo, el latido del corazón del conductor. Si el conductor utiliza una batuta la sinergia entre ambos es imperativa.

Este primer artículo sobre la batuta y la dirección está dedicado a su corta y práctica historia, y su función. Comentaremos sobre varios de los grandes directores y su relación con la batuta. En otros artículos entraré en detalle sobre la obra y estilo de varios conductores y sus orquestas. Concluiremos  con nuestro gran amigo el compositor colombiano Arturo Cuéllar, residente en Suiza, y su colección de batutas históricas, y en próximas ediciones nos dedicaremos a su música.

Origen histórico

Como mucho de nuestra cultura Caribe, las primeras batutas aparecen en la Grecia clásica. En la disciplina griega el conocimiento y práctica de las matemáticas, lectura, gimnasia y música eran marca del ser civilizado. Pherekydes de Patrae conducía a sus músicos en forma circular, tal como lo hacemos en el Caribe, con su batuta de oro marcando ritmo, cuenta la leyenda.

Por otro lado, ritmo es, digamos, el marco o la goma que unifica un ensamble. El ritmo, como el latido del corazón, mantiene viva la música, le da sentido, nos une, nos hace sentir, mover y bailar. Los que hemos estado en clase de baile o ballet mantenemos la inolvidable presencia mental de nuestro professeur de dance caminando con una estaca de madera marcando ritmo con golpes en el piso; aún más fuertes son los golpes cuando no estamos produciendo el movimiento o posición correcta. Esta estaca o bastón, o en francés baton, es la batuta.’

  En un ensayo, el gran músico franco-italiano en la corte  de Louis XIV,  Jean-Baptiste Lully, marcando tiempo con su bastón ofuscado por la falta de disciplina del ensamble, se dio un golpe en el pie. El sforzato golpetazo que el enojado conductor mismo se dio fue de tal ímpetu de que uno de los dedos gangrenó y al no dejarse amputar, murió. Lully también  marcaba tiempo desde el clavicordio con el brazo o con el arco del primer violín. Pero  el ímpetu que producía el bastón era inigualable. Entonces, aprendiendo de la experiencia de Lully y la fluidez de marcar ritmo con el brazo o el arco del violín, a cierto tiempo, el bastón se reduce a una batuta con la capacidad movible manualmente.

Dado al entusiasmo popular, el encargado de marcar ritmo con la batuta se convierte en el conductor o director, ejerciendo funciones musicales expresivas. Los oficios y responsabilidades del conductor o director se incrementan con el fabuloso ensamble de Mannheim, se intensifican en la Orquesta de Londres, luego  Mendelssohn le da emotividad a la batuta.

Berlioz la reinventa con virtuosismo fantástico, Wagner y Liszt le  incorporan la expresión emotiva corporal y la guiada interpretación. De Liszt, von Bulow la perfecciona con técnica, el sonido, el ensamble, y de su orquesta Berliner Philharmonic nace Richard Strauss; Gustav Mahler compite y cristaliza el sonido en Viena; Guissepi Verdi,  con claridad rítmica desarrolla el inigualable sonido del bel canto y Arturo Toscanini se desarrolla. Con su claridad rítmica la batuta de Toscanini inspira a Leonard Bernstein, compositor de Historia del lado Oeste y promotor de ritmo y cultura Caribe y Latina en el mundo clásico, como ningún otro,  quien inspira a Eduardo Mata y luego a Gustavo Dudamel.

En Berlín del siglo XX,  Herbert von Karajan, de familia origen turco-alemana, cimienta la sonoridad abierta y la fluida tradición sonido Wagner  del Berliner Philharmonic, actualmente bajo Simon Rattle.

A propósito sobre batutas históricas e importantes y Arturo Toscanini, el compositor y conductor colombiano y gran amigo Arturo Cuéllar, residente en Suiza, junto con su señora, quien es artista, Corine Cuellar- Nathan, mantiene una colección de batutas de célebres maestros. Arturo tiene batutas que han pertenecido a directores de orquestas en Milan, Berlín, y Nueva York y demás.  En próximas ediciones hablaremos sobre el excelente trabajo musical de Arturo y sus batutas, entre ellas de Arturo Toscanini.

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