Esos amantes, esa música… y las guerras

Histórico 31 de Agosto de 2014

Esos amantes, esa música… y las guerras

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Maurice Ravel, quien fue conductor de ambulancia en la I Guerra Mundial.

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Roberto McCausland Dieppa*

Los enérgicos ‘amantes’ masculinos inspiran a las multitudes. Estos creativos, poetas, escritores, compositores, de voces expresivas, oradores y sobre todo autores de cuentos y leyendas transforman y envuelven a sus audiencias. Luego son por naturaleza enigmáticos. Espirituales, terrenales, fuertes y a su vez impresionables, expresivos, inocentes y atrevidos. Estos trovadores –juglares en total empalme con todas las emociones– dejan profundos rastros en la historia. Y como complemento no son fáciles de lidiar o de identificar en sus complejas misiones y fluidos profundos caracteres.

En la historia, los amantes masculinos creativos son pocos pero legendarios. Y no es necesario ser artista creador de tiempo completo. El Rey David y Alejandro el Grande, ambos músicos, literatos, amantes de las artes escénicas y el arte; apasionados expresivos en sus escritos. Napoleón, en sus notas sobre el amor, el amor de su vida, Josefina, y la música expresa sentimientos desbordantes, dulces y tempestuosos, un emperador quasi Neruda.

Para el general Mac Arthur y Julio César, sumos oradores eficaces, era en escenarios operáticos en donde ellos conmovían y persuadían a su público –etoilles dans l’opera, como dicen los amantes del gran drama–. Tampoco es una sorpresa que el estruendoso general Patton admitiera ser desde joven sensitivo y sensible, y que se exponía a riesgos deliberadamente para su propia fortaleza interna; si piensas en sus palabras: “la guerra es un desperdicio”.

En el ámbito cinematográfico, Vito Corleone y Marlon Brando, ¿quién sería quién?… Marlon, un genio en la caracterización y el despliegue de emociones primarias deliberadamente expuestas –casi imposible de separar a los dos– de imaginarse Brando ser italiano, pero no un holandés de Omaha, Nebraska. El don de recrear cualquier caracter está embebido en el temperamento.

Lennon, McCartney y Dylan, poetas idealistas que definen una generación y reaccionan en contra de la destrucción organizada, y Gardel, un dandy de suma elegancia, fluidez y sutileza –Let it Be, All along the watch tower y El día que me quieras: a muchos nos energiza el sustento emocional que crean estas tres piezas —los cuatro diferentes, similares en su objetivo–, el impecable trabajo de estos trovadores creativos legendarios es real, y el resultado, el mismo.

Y, aún, más filósofos que políticos, uno, un gran amante de la música de Mozart, específicamente sus ‘concertos’ para piano y orquesta, encantador soñador panamericano, y su contraparte, el gran idealista caribe, hijo del las libertades humanas y el enciclopedismo, excelentes ideólogos, Kennedy y Bolívar, respectivamente, hicieron guerra, con motivo, y luego, paz –la dicotomía del género– también bardos en letras.

En épocas conflictivas

Ludwig, gran catador de café, habiéndole dedicado y luego ‘desahuciado’ a Napoleón en su tercera sinfonía, fuera de sentirse aislado por falta de sus buenos amigos y patronos nobles, no tuvo mayor problema durante las invasiones napoleónicas de Viena, es más, a Beethoven le encantaba hablar en francés. Siguiendo, aunque a Wagner le tocó salir de territorios alemanes por su comportamiento subversivo, Franz Liszt, su amigo, colega y luego suegro, simplemente se fue a París durante los días confusos del famoso conflicto revolucionario de 1848. Y en esos días, las sinfónicas de Viena y Nueva York, grupos comunitarios,  apenas tenían unos seis años de edad. De veras, música, artistas y conflictos revoltosos y guerreros no armonizan.

Unos escasos cincuenta años después, Gustav Mahler, un serio, disciplinado, enérgico y temperamental ‘poeta  musical’, compositor y conductor de la Filarmónica de Viena, dedicó tres años a la Filarmónica de Nueva York, elevando a la agrupación a niveles únicos, nunca antes logrados. De este intercambio, músicos europeos empiezan a incrementar relaciones musicales entre los dos continentes, la emigración artística creada por conflictos nace, y se genera la Orquesta Sinfónica Panamericana profesional.

Al parecer sin la buena resolución, la tristeza y el dolor humano del primer conflicto mundial y la sensación del próximo permea; artistas del más alto calibre y renombre empiezan a establecer ligas en todo el continente americano. Austro-húngaros, alemanes, italianos, británicos, rusos y franceses empiezan a tantear sus destinos –y lo de no ocurrir se convierte en realidad– otra guerra, pero esta vez los rapsódicos viajeros habían bien sembrado sus semillas de destino.

Y de no creer… la gran influencia germánica en Argentina establece la Orquesta Nacional bajo el conductor austro-húngaro Kinsky; Toscanini crea ensambles de sumo alto calibre en Brasil y Estados Unidos, luego Rodzinski en Nueva York, Chicago y Los Ángeles, sigue el curso; Szell, el gran maestro de la orquesta de Cleveland, establece la tradición musical europea central. Complementados por estrellas como Rachmaninoff, Bartok, el cuarteto Busch, Rubinstein pasando tiempo en Argentina, y muchos más, el mundo musical clásico se cobija y se nutre en las Américas. Y fíjense, de 1933 a 1943 de músicos emigrantes italianos, la Filarmónica de Barranquilla comienza.

Para muchos, la experiencia del primer conflicto impactó y parecía de no acabar. Poco a poco, amigos, familiares y conocidos desaparecían. De vez en cuando, notas llegaban a sus hogares, o noticias no muy buenas eran atendidas por medio de relaciones comunes.

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Estatua de  Johann Strauss, en Viena, Austria./Schutterstock

Maurice Ravel, mitad vasco y mitad francés, demasiado pequeño y liviano para ser piloto aéreo como hubiese querido, un dandy con un gran sentido del humor, la gran capacidad de envolverse en historias, cuentos y temperamentos ajenos, foráneos, relatándolos aún mejor que el original y en su propio estilo, agobiado por no saber de sus amigos, se inscribe como conductor de ambulancia en la Primera Guerra Mundial. Efectivamente, Ravel llega al frente a salvar a los que puede, a consolar a los que no tienen alternativas y a sustentar y revivir a los que tienen esperanza en este primer conflicto mundial europeo –tal como era su temperamento–. A la memoria de seis de sus mejores amigos fallecidos, y en la tradición galia, Ravel refleja su memoria de ellos en una suite quasi jazz, impresionista  y clásica: En Conmemoración a Couperin. Cuando le preguntaron por qué no era una pieza triste, Maurice respondió: “porque el silencio eterno es suficiente”.

Las artes son para celebrar, festejar la buena vida… La manifestación in toto del temperamento.

*Pianista y director de orquesta.

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(www.dieppaorchestra.com)

 

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